Cada vez que el Banco de la República sube su tasa de interés, un gobierno anuncia un paquete de gasto público o una crisis financiera en otro continente sacude los mercados, hay una pregunta que los economistas se hacen casi por reflejo: ¿qué modelo explica esto? La economía real es demasiado compleja para analizarla a simple vista.
Los modelos macroeconómicos existen exactamente para resolver ese problema. Simplifican esa complejidad en relaciones manejables entre un número reducido de variables fundamentales (producción, empleo, inflación, consumo, inversión, gasto público, comercio internacional, tasas de interés) que permiten entender qué está ocurriendo, evaluar qué haría una política económica antes de aplicarla y, en la medida de lo posible, anticipar hacia dónde se dirige la economía.
Pero aquí hay algo que debemos aclarar: no existe un único «modelo macroeconómico». Existen varios, cada uno construido para responder una pregunta distinta, con supuestos distintos y horizontes de tiempo distintos. Confundirlos (usar un modelo de corto plazo para explicar un fenómeno de largo plazo, o esperar que un modelo de crecimiento anticipe el efecto de una subida de tasas la próxima semana) es una de las formas más comunes de sacar conclusiones equivocadas en economía.
¿Qué es un modelo macroeconómico?
La palabra clave es simplificada. Un modelo no intenta capturar todas las decisiones individuales de cada persona y empresa de una economía (eso sería, literalmente, la economía misma, no un modelo de ella). En cambio, selecciona un puñado de relaciones que sus autores consideran las más relevantes para responder una pregunta específica, y deja fuera, deliberadamente, todo lo demás.

Esa selección no es neutral: cada modelo macroeconómico refleja también los supuestos teóricos de la tradición que lo construyó. Un modelo de tradición keynesiana y uno de tradición austriaca, por ejemplo, pueden partir de la misma pregunta: ¿qué determina el nivel de producción de una economía? y llegar a estructuras completamente distintas, porque parten de supuestos distintos sobre cómo se forman los precios, cómo se ajustan los mercados y qué papel debe jugar el Estado. Por eso, entender un modelo macroeconómico no es solo memorizar sus ecuaciones o su gráfico: es entender qué pregunta busca responder, qué deja fuera a propósito, y bajo qué supuestos sus conclusiones dejan de ser válidas.
¿Para qué sirven?
Los modelos macroeconómicos cumplen, en términos generales, cinco funciones distintas:
- Comprender la economía. Ordenan la enorme cantidad de información disponible sobre una economía en un número manejable de relaciones causales.
- Explicar relaciones entre variables. Permiten entender, por ejemplo, por qué una caída del gasto público podría reducir el empleo, o por qué una expansión monetaria podría generar inflación.
- Analizar políticas económicas. Antes de aplicar una medida, los economistas usan modelos para anticipar sus efectos probables sobre el resto de la economía.
- Realizar proyecciones. Aunque ningún modelo predice el futuro con exactitud, algunos (particularmente los modelos econométricos) se usan específicamente para generar pronósticos de variables como el crecimiento o la inflación.
- Enseñar teoría económica. Los modelos son, también, herramientas pedagógicas: simplifican lo suficiente una idea compleja como para que pueda enseñarse, debatirse y ponerse a prueba en un salón de clase o en un artículo como este.
Estas cinco funciones no son excluyentes. Un mismo modelo, como el IS-LM, puede usarse simultáneamente para enseñar teoría en una universidad y para analizar, de forma simplificada, el efecto de una política fiscal concreta.
Características de los modelos macroeconómicos
Antes de recorrer los modelos específicos, conviene tener claras algunas características que todos ellos comparten, sin excepción:
- Son simplificaciones deliberadas. Ningún modelo intenta replicar la economía real en su totalidad; su valor está precisamente en quedarse con lo esencial y descartar el resto.
- Utilizan supuestos explícitos. Todo modelo parte de condiciones que se dan por sentadas (precios rígidos o flexibles, expectativas racionales o adaptativas, una economía cerrada o abierta) y sus conclusiones solo son válidas mientras esos supuestos se sostengan razonablemente.
- No predicen perfectamente. Ni el modelo más sofisticado logra anticipar con precisión el comportamiento futuro de una economía; en el mejor de los casos, reduce la incertidumbre y ordena el análisis.
- Cambian según el horizonte temporal. Un modelo pensado para explicar fluctuaciones de corto plazo rara vez sirve para explicar el crecimiento de un país a lo largo de varias décadas, y viceversa.
- Cada modelo responde preguntas distintas. No existe un modelo «general» que sirva para todo: el modelo adecuado depende de la pregunta que se quiera responder, no al revés.
Con estas cinco características en mente, ya es posible entender por qué la macroeconomía no ofrece un único modelo, sino toda una caja de herramientas.
El modelo de Oferta y Demanda Agregada es, probablemente, el punto de entrada más común a la macroeconomía. Explica cómo se determinan, simultáneamente, el nivel de precios y el nivel de producción de una economía en su conjunto, a partir de dos relaciones: cuánto están dispuestos a comprar los agentes económicos a cada nivel de precios (demanda agregada) y cuánto están dispuestas a producir las empresas a cada nivel de precios (oferta agregada).

La curva de demanda agregada (DA) tiene pendiente negativa: a medida que sube el nivel general de precios, el poder adquisitivo del dinero disminuye, las exportaciones se encarecen relativamente y el costo del crédito tiende a subir, todo lo cual reduce la cantidad total demandada. La curva de oferta agregada de mediano plazo (OA) tiene pendiente positiva: con salarios y costos que se ajustan con rezago, un nivel de precios más alto permite a las empresas producir más de forma rentable, al menos temporalmente.
El punto donde ambas curvas se cruzan determina el equilibrio: el nivel de precios y de producción que efectivamente se observan en la economía. Pero ese equilibrio no tiene por qué coincidir con el producto potencial de la economía (el máximo sostenible sin generar presiones inflacionarias), representado con una curva de oferta agregada de largo plazo vertical.
Entre sus principales limitaciones está su simplicidad: el modelo DA-OA no explica los mecanismos internos detrás de cada curva (qué determina exactamente la inversión, o cómo se forman las expectativas de inflación).
Mientras el modelo DA-OA trabaja con el nivel de precios y el producto, el modelo IS-LM se concentra en la relación entre el producto y la tasa de interés, y añade algo que el modelo anterior no explicaba: cómo interactúan el mercado de bienes y el mercado de dinero para determinar ambas variables simultáneamente.

Mercado de bienes: la curva IS
La curva IS («Investment-Saving») representa las combinaciones de producto (Y) y tasa de interés (i) para las cuales el mercado de bienes está en equilibrio: el gasto planeado (consumo, inversión, gasto público, exportaciones netas) es igual a la producción. Tiene pendiente negativa porque una tasa de interés más baja abarata el crédito, estimula la inversión y, por esa vía, aumenta el producto de equilibrio.
Mercado monetario: la curva LM
La curva LM («Liquidity-Money») representa las combinaciones de producto y tasa de interés para las cuales el mercado de dinero está en equilibrio: la cantidad de dinero que el banco central ofrece coincide con la que el público desea mantener. Tiene pendiente positiva porque, a mayor producto, mayor es la demanda de dinero para transacciones, lo que, dada una oferta monetaria fija, empuja la tasa de interés al alza.
Este modelo es, probablemente, el que mejor explica por qué la política fiscal y la política monetaria no son sustitutos perfectos. Un aumento del gasto público desplaza la IS hacia la derecha, elevando tanto el producto como la tasa de interés; una expansión monetaria desplaza la LM hacia la derecha, elevando el producto pero reduciendo la tasa de interés. Ambas políticas pueden aumentar el producto, pero por mecanismos (y con efectos secundarios) distintos. El modelo IS-LM asume una economía cerrada, sin comercio ni movimientos de capital con el resto del mundo, y precios fijos en el corto plazo.
El modelo Mundell-Fleming es en esencia el IS-LM extendido a una economía abierta: una que comercia bienes y, sobre todo, activos financieros con el resto del mundo. Para lograrlo, añade una tercera curva a las dos que ya conocemos: la curva BP («Balanza de pagos»), que representa las combinaciones de producto y tasa de interés para las cuales la balanza de pagos está en equilibrio.

Bajo el supuesto (bastante realista para economías integradas a los mercados financieros globales) de alta movilidad de capital, la curva BP se vuelve prácticamente horizontal a la altura de la tasa de interés internacional: cualquier tasa doméstica por encima de ese nivel atrae capital extranjero de forma casi inmediata; cualquier tasa por debajo lo expulsa. Esa horizontalidad es la que produce el resultado más citado del modelo.
Tipo de cambio flexible
Con tipo de cambio flexible y alta movilidad de capital, la política monetaria se vuelve muy potente y la política fiscal, muy débil. Una expansión monetaria reduce la tasa doméstica por debajo de la internacional, expulsa capital, deprecia la moneda, y esa depreciación estimula las exportaciones netas, reforzando el efecto inicial sobre el producto. Una expansión fiscal, en cambio, tiende a elevar la tasa de interés, atraer capital, apreciar la moneda y deteriorar las exportaciones netas, lo que compensa buena parte del estímulo inicial.
Tipo de cambio fijo
Bajo tipo de cambio fijo, el resultado se invierte: la política monetaria pierde casi toda su capacidad de afectar el producto, porque el banco central debe usar sus reservas para defender la paridad cambiaria en lugar de perseguir un objetivo doméstico, mientras que la política fiscal se vuelve mucho más efectiva, ya que la entrada de capital que atrae una tasa de interés más alta no aprecia la moneda (el banco central la compra para sostener el tipo fijo), evitando el efecto de compensación que sí ocurre con tipo de cambio flexible.
Su principal limitación es la contracara de su principal virtud: al añadir el sector externo, el modelo se vuelve considerablemente más sensible a supuestos difíciles de verificar en tiempo real, como el grado exacto de movilidad de capital de una economía en un momento dado.
Mientras los modelos anteriores explican el nivel de producto y de precios, la curva de Phillips (formulada originalmente por el economista neozelandés William Phillips en 1958, a partir de datos históricos del Reino Unido) se concentra en una relación más específica y, durante buena parte del siglo XX, considerada casi una ley económica: la relación entre inflación y desempleo.

La versión original de la curva sugería una relación estable e inversa: a menor desempleo, mayor inflación, y viceversa, lo que convertía a la curva en una especie de menú de opciones de política económica. Esa lectura dominó buena parte de la política económica de los años sesenta.
Los economistas Milton Friedman y Edmund Phelps, de forma independiente, cuestionaron esa lectura a finales de esa misma década con un argumento hoy central en macroeconomía: la relación solo se sostiene mientras las expectativas de inflación de los trabajadores y las empresas no se ajusten.
Si un banco central intenta mantener el desempleo artificialmente bajo mediante inflación sostenida, tarde o temprano los agentes económicos incorporan esa inflación a sus expectativas (y la exigen en sus salarios y precios), con lo que el desempleo regresa a su nivel original, pero con una inflación más alta y ya instalada. En el largo plazo, entonces, la curva de Phillips se vuelve vertical, a la altura de lo que se conoce como la tasa natural de desempleo o NAIRU (por sus siglas en inglés, «Non-Accelerating Inflation Rate of Unemployment»).
La principal limitación de la curva de Phillips es, precisamente, la inestabilidad de esa relación en el tiempo: la ubicación exacta de la curva de corto plazo, y el nivel exacto de la tasa natural de desempleo, cambian según las condiciones estructurales de cada economía y son, en la práctica, difíciles de estimar con precisión en tiempo real.
Con el modelo de Solow entramos a la segunda gran categoría: los modelos de crecimiento de largo plazo. En lugar de explicar por qué el producto sube o baja de un trimestre a otro, el modelo de Solow explica por qué unas economías crecen de forma sostenida durante décadas y otras no.

La lógica del modelo parte de una función de producción con rendimientos decrecientes del capital: cada unidad adicional de capital por trabajador aumenta la producción, pero cada vez menos. Una parte de esa producción se ahorra e invierte (la curva sf(k)), mientras que otra porción del capital existente se pierde cada año por depreciación y debe repartirse entre una población creciente (la línea (n+d)k). Cuando la inversión iguala exactamente esas pérdidas, la economía alcanza su estado estacionario: el capital por trabajador deja de crecer, y con él, el producto por trabajador también se estanca.
Esta es, probablemente, la conclusión más citada (y más debatida) del modelo: sin progreso tecnológico, la acumulación de capital por sí sola no puede sostener el crecimiento indefinidamente, porque los rendimientos decrecientes eventualmente lo detienen. Solo un aumento continuo en la tecnología (A(representado como un desplazamiento hacia arriba de toda la función de producción) permite que el producto por trabajador siga creciendo en el largo plazo.
Entre sus limitaciones más señaladas está, precisamente, que trata al progreso tecnológico (la variable que termina explicando todo el crecimiento de largo plazo) como un dato externo (exógeno), sin explicar de dónde sale ni qué lo determina. Esa fue, en buena parte, la motivación detrás de los modelos de crecimiento endógeno que surgieron décadas después, y que buscan explicar la tecnología en lugar de darla por supuesta.
Ramsey-Cass-Koopmans
El modelo de Ramsey-Cass-Koopmans resuelve una de las limitaciones más comentadas del modelo de Solow: en lugar de suponer una tasa de ahorro fija, la deriva de un problema de optimización explícito, en el que los hogares deciden cuánto consumir hoy y cuánto ahorrar para el futuro, buscando maximizar su bienestar a lo largo de toda su vida. El resultado es un modelo más exigente matemáticamente, pero con una ventaja importante: la tasa de ahorro deja de ser un supuesto arbitrario y se convierte en una decisión explicada por el propio modelo. Es, en gran medida, el punto de partida de buena parte de la macroeconomía moderna basada en «microfundamentos»: modelos agregados construidos a partir de decisiones individuales explícitas, en lugar de relaciones supuestas a nivel agregado.
Modelos DSGE
Los modelos DSGE (por sus siglas en inglés, «Dynamic Stochastic General Equilibrium», o Equilibrio General Dinámico y Estocástico) llevan la lógica de Ramsey-Cass-Koopmans varios pasos más allá: construyen una economía completa a partir de las decisiones optimizadoras de hogares, empresas y, en muchas versiones, un banco central, incorporando explícitamente la incertidumbre (el componente «estocástico») y fricciones del mundo real, como precios que no se ajustan de inmediato. Son, hoy, la herramienta de referencia de los principales bancos centrales del mundo, incluida la Reserva Federal de Estados Unidos y el Banco Central Europeo, precisamente porque permiten simular el efecto de una decisión de política monetaria sobre toda la economía de forma internamente consistente. Su costo es la complejidad: requieren decenas de supuestos y parámetros que deben calibrarse o estimarse, y dos economistas pueden construir modelos DSGE con conclusiones bastante distintas según esas elecciones.
Modelos VAR
Los modelos VAR (Vectores Autorregresivos), desarrollados por el economista Christopher Sims a comienzos de los años ochenta, representan un enfoque radicalmente distinto: en lugar de partir de una teoría económica explícita sobre cómo se relacionan las variables, dejan que sean los propios datos históricos los que revelen esas relaciones estadísticamente. Un modelo VAR típico estima cómo el valor pasado de cada variable ayuda a predecir el valor futuro de todas las demás, sin imponer de antemano una estructura teórica rígida. Por eso se usan sobre todo con fines de pronóstico y para medir empíricamente el efecto de un choque sobre el resto de la economía, más que para explicar por qué ocurre ese efecto.
¿Qué modelo utilizan los economistas actualmente?
Después de recorrer nueve modelos, la pregunta es casi inevitable: ¿cuál es el «correcto»? La respuesta corta es que no existe uno mejor que los demás en abstracto, porque, como vimos al principio de este artículo, cada modelo responde una pregunta distinta. Preguntar cuál modelo es «el mejor» es, un poco, como preguntar cuál herramienta es mejor, un martillo o un destornillador: depende por completo de qué se esté tratando de construir.
En la práctica, los bancos centrales y los organismos de análisis económico no usan un solo modelo: combinan varios, según la pregunta que tengan enfrente en cada momento. Un banco central típico usa un modelo DA-OA o IS-LM simplificado para explicar sus decisiones al público de forma didáctica, un modelo DSGE de gran escala para simular escenarios de política monetaria antes de tomar una decisión, y modelos VAR para generar pronósticos de corto plazo de inflación y crecimiento que contrasten con las proyecciones del modelo DSGE. El Banco de la República de Colombia, por ejemplo, combina herramientas de este tipo (junto con encuestas de expectativas y análisis sectorial) en su Informe de Política Monetaria.
Fuera de los bancos centrales, la elección también depende del horizonte: un analista tratando de entender el efecto de una subida de tasas la próxima semana recurrirá a IS-LM o Mundell-Fleming; un economista estudiando por qué un país no ha logrado crecer en treinta años recurrirá a Solow o a los modelos de crecimiento endógeno que se derivan de Ramsey-Cass-Koopmans. Ninguno de los dos está «más equivocado» que el otro: simplemente están respondiendo preguntas distintas.
Limitaciones
Vale la pena cerrar con la misma idea que abrió las «características» de este artículo, porque es fácil perderla de vista después de nueve modelos: ningún modelo macroeconómico representa exactamente la realidad, y todos, sin excepción, hacen supuestos que en algún momento dejan de cumplirse.
Los modelos de corto plazo asumen rigideces de precios y salarios que se relajan con el tiempo. Los modelos de crecimiento asumen tasas de ahorro, depreciación o proporciones de capital y trabajo que en la práctica cambian. Los modelos DSGE, pese a su sofisticación, dependen de decenas de parámetros calibrados con criterios que distintos equipos de investigación pueden fijar de forma distinta. Y los modelos VAR, precisamente por no partir de una teoría explícita, son excelentes para describir patrones estadísticos del pasado, pero mucho más débiles para explicar por qué ocurren o para anticipar situaciones sin precedente histórico claro.
Esta lista de limitaciones no es un argumento contra el uso de modelos macroeconómicos, sino una guía para usarlos bien: la pregunta correcta frente a cualquier modelo no es «¿es verdadero?», sino «¿es útil para la pregunta que estoy tratando de responder, y sigo dispuesto a revisar sus supuestos si la realidad empieza a alejarse de sus predicciones?».
Conclusión
La macroeconomía no busca describir cada detalle de una economía, sino identificar las relaciones fundamentales que determinan su funcionamiento. Los modelos macroeconómicos constituyen, en ese sentido, el lenguaje mediante el cual los economistas analizan problemas como la inflación, el desempleo, el crecimiento económico y los efectos de las políticas públicas.
Comprender qué explica cada modelo, cuáles son sus supuestos y en qué situaciones resulta más útil permite interpretar con mayor rigor el comportamiento de la economía, y evitar dos errores igualmente comunes: usar el modelo equivocado para la pregunta equivocada, o esperar de cualquier modelo una precisión que, por diseño, ninguno de ellos puede ofrecer.
Referencias
- Hicks, J. (1937). Mr. Keynes and the «Classics»: A Suggested Interpretation. Econometrica.
- Keynes, J. M. (1936). The General Theory of Employment, Interest and Money.
- Mundell, R. (1963). Capital Mobility and Stabilization Policy under Fixed and Flexible Exchange Rates. Canadian Journal of Economics and Political Science.
- Fleming, J. M. (1962). Domestic Financial Policies under Fixed and under Floating Exchange Rates. IMF Staff Papers.
- Phillips, A. W. (1958). The Relation between Unemployment and the Rate of Change of Money Wage Rates in the United Kingdom. Economica.
- Friedman, M. (1968). The Role of Monetary Policy. American Economic Review.
- Phelps, E. (1967). Phillips Curves, Expectations of Inflation and Optimal Unemployment over Time. Economica.
- Solow, R. (1956). A Contribution to the Theory of Economic Growth. Quarterly Journal of Economics.
- Harrod, R. (1939). An Essay in Dynamic Theory. The Economic Journal.
- Domar, E. (1946). Capital Expansion, Rate of Growth, and Employment. Econometrica.
- Ramsey, F. (1928). A Mathematical Theory of Saving. The Economic Journal.
- Cass, D. (1965). Optimum Growth in an Aggregative Model of Capital Accumulation. Review of Economic Studies.
- Sims, C. (1980). Macroeconomics and Reality. Econometrica.
- Banco de la República de Colombia. Informe de Política Monetaria (consultado en 2026).







